Ahí está Ruby pintada

Ruby Barboza

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Jeril Pineda | 30/07/2019

La primera vez que vi a Ruby en el claustro San Agustín fue en el pasillo por la biblioteca, y estaba promocionando sus sándwiches gritando. Recuerdo con risa las caras de espanto que ponían los administrativos, desde fotocopiadora hasta enfermería, al escucharla gritar así.  Ella ha tenido el cabello pintado de todos los colores, pero para esa época lo tenía rubio, ya con sus raíces negras, bastante ondulado y corto. Hablé con ella fue un mes después, en el mismo pasillo. Ella estaba hablando con Paula Cubillos, las dos sentadas en el suelo, y yo diagonal en una mesa. Mencionó cuánto adoraba el vodka, y de impulso grité que yo también. Cuando preguntó quién había sido y Paula me apuntó, me extendió la mano, con una increíble espontaneidad, y se presentó: “Hola, soy Ruby”.

La familia Clío

Por Izamar fue que empecé a hablar con Ruby, porque han sido mejores amigas desde primer semestre, y es muy difícil no pensar en la otra cuando te encuentras con la una. A mí, por lo menos, me es imposible imaginarlas separadas. Una vez nuestro antiguo director de Comunicadores UdeC, Javier Marrugo, le preguntó a Izamar que si pensaba visitar la universidad después de graduada, y ella le respondió -casi que con escándalo- que ella “no iba a dejar a su mujer sola”. Nos reímos todos, claro, porque ambas tienen novio, pero me detuve pensando ¿qué significaba eso de “mi mujer”? Y luego fue que descifré lo obvio: ellas eran familia. Antes que los grandes conocidos, antes que sus otros amigos, antes que su novio, primero estaba Ruby, su familia de otra madre.

Lo que había hecho Izamar de importante era invitarme a Clío, un grupo cultural de lectura y escritura, del cual yo no tenía ni idea que Ruby era cofundadora. Otro factor clave fue Paula, porque sin ella Ruby no me habría reconocido el primer día que llegué. Durante casi todas las veces que asistí a los encuentros del club, Ruby solía sentarse en la parte de atrás. A veces me llamaba para sentarme a su lado, porque así era más fácil interrogarme y saber quién era yo, y otras veces venía aleatoriamente hasta mi silla, cuando apenas llegaba la gente, para hacerme una mueca y luego irse. Era muy impredecible.

 

El club se reunía en La Merced, y como no era muy lejos de San Agustín, nos quedábamos unos minutos antes de irnos. En una de esas me puse a llorar. Ella se me acercó, me secó las lágrimas, y luego me dio un abrazo. Cuando me calmé, me miró a los ojos y me dijo que todo iba a estar bien. A lo largo de mi carrera universitaria, he visto cómo otros estudiantes que conozco terminan en esa misma escena, en brazos de Ruby,  sin tener idea qué es lo que tienen y cómo arreglarlo. A todas estas, se convirtió en un referente de salud mental, y eso no es malo, es en realidad muy bueno. Es el mensaje vivo de la tenacidad.

Días después de ese abrazo, ya en mi casa, le comenté a mis padres que quería asistir al psicólogo, porque podría estar padeciendo algo. No sabía qué. A los 17 años me diagnosticaron Trastorno mixto de ansiedad y depresión gracias a la sospecha de Ruby, y pude salir de ahí no más con hablarlo. No se trataba entonces de jugar a ser psicóloga ni nada de eso, se trataba de salvar a todos los que podía, porque el suicidio es una cosa real.

Un cajón que se abre solo

Así fue como construimos una amistad a punta de encontrarnos, en el club y en los pasillos, hablando abiertamente de nuestra depresión o simplemente de arte. Era una maravilla no ser juzgado por nadie. Ahora que estoy bien, me paseo por ahí -cual pavo real- presumiendo que es mi amiga, porque como la gente no sabe acercarse a ella, yo me siento afortunada de estar en esa posición. Los que estamos en su círculo de amigos sabemos bien que es una persona selectiva, que no incluye a cualquiera en su vida. Entonces estar ahí es un premio. Claro que, eso confunde a los que están afuera de ese círculo.

Ella aleja a la gente tóxica y atrae a la gente sana, y da en estricta cantidad lo que le dan, por muy bueno o malo que sea. A mí me consta mucho, porque una vez le fallé y me respondió con una indiferencia del mismo tamaño de mi error. No obstante, nunca ha sido rencorosa. Hablamos a los dos días e hicimos las paces.  Ahora que hemos crecido demasiado, me doy cuenta que ella es como un cajón; un cajón del cual no puedes manipular su apertura. Él mismo se abre, y, conforme a los tiempos, se revela a sí mismo. Y creo que eso es algo que debemos atesorar, el preciso momento en que se abre sólo para nosotros.

Creatividad espontánea

 ¿Qué no hace Ruby? Todos los semestres está haciendo algo. Es tan fascinante que da risa. Las ideas brotan de ella como un árbol lleno de frutos maduros. Lidera el club de lectura, asiste a clases, da clases, pinta y vende. No sé por qué pero a ella se le da muy bien vender, y no sólo sándwiches -¿recuerdan los sándwiches?- sino todo tipo de cosas, como productos japoneses, por ejemplo. Recuerdo yo que durante los conversatorios de anime nos sorprendió inaugurando su propia tienda llamada “Friky’s Place”. A la final cerró por la carísima exportación, pero nunca por poca determinación. Otro día la vi por el pasillo haciendo tatuajes de henna a 10 mil pesos. Había traído como una decena de pastas -la henna viene en pasta- de Estados Unidos.

“Uf, yo tengo un montón de proyectos. He querido hasta hacer jabones artesanales, mira tú eso. También he querido pintar cerámica, y un poco e’ cosas, sólo que no las he comenzado, y eso, muchas de esas cosas son caras de crear.”

La mejor obligación del mundo

Ahora tiene como prioridad dos cosas: terminar su tesis de grado, que consiste en un cortometraje sobre la depresión, y tratar de consolidar con Izamar lo que es un grupo de apoyo para mujeres. La primera cosa nace del afán de convertir la depresión en un tema que se pueda hablar sin tabú. La segunda cosa, de brindar un espacio donde las mujeres puedan hablar de lo que las atormenta y se puedan sentir por fin en familia. Algo que debo mencionar justo aquí es que eso de la familia es una idea principal en los proyectos de Ruby, porque cree que todos necesitamos un lugar seguro donde podamos ser nosotros.

Cuando me propusieron escribir de ella, organizamos una cita para pintar las dos juntas y hablar. Esa semana tuve la mente llena de “el sábado 22, el sábado 22”. Y cuando llegó ese día, partimos de la universidad, después de elecciones, a su casa. Estábamos Maleja Cruz, que era responsable de grabar el sonido; Camilo Aguirre, de tomar video; Ronny Álvarez, de fotografiar; y yo, que pues tomaba apuntes mentales para el texto.  Nosotros la encontramos restaurando las pinturas que se estaban pudriendo, y nos tuvo esperando unos minutos que a nosotros jamás nos importaron.

Le preguntamos un montón de cosas, y después fue que comimos un arrocito con frijoles y un kibbeh. Ruby eligió el énfasis “comunicación, educación y desarrollo” porque ayudar a las personas se le da muy bien. Yo siempre la he conocido así de noble, y me enorgullece demasiado. Una de las experiencias que más amó fue Karmairí.

“Karmairí fue una experiencia, para mí, impresionante, porque eso marcó a mí… o sea, a mí me marcó un antes y después de la carrera, porque yo fui la coordinadora de pedagogía. Yo era la encargada de crear las clases para los niñitos. Y ellos me amaron. Esos pelaitos me amaron. Ellos te veían y pensaban en la posibilidad de ser mejores personas. Te veían y decían “yo quiero estudiar lo que tú estudias”. Eso es una locura, eso se siente muy bien. Y a mí eso a mí me mató”

Hay algo importantísimo que debo mencionar, y se lo debemos a Ronny, que le preguntó a último minuto si consideraba que -así como la carrera era potencializador del arte- el arte podría ser potencializador de la carrera. Ruby fue obligada a estudiar Comunicación social, pero no por eso cree que la carrera esté separada del arte, no. Al contrario, nos dijo que la comunicación y el arte trabajan en armonía. El arte necesita las estrategias comunicacionales para captarse, y la comunicación necesita la estética y la profundidad para llamar la atención. Que su madre la haya obligado a estudiar esta carrera fue lo mejor que pudo haber hecho por ella.

 

Ruby en pintura

Todavía me pone a pensar que mientras yo estaba feliz pintando con Ruby, los muchachos estaban sin nada que hacer -bueno, a excepción de Camilo, que grababa cualquier espontaneidad-, pero creo que esa era la idea. Después de todo, a mí me tocaba el martirio de escribir. Antes, cuando hablábamos, noté que los chicos la veían muy normal, como una estudiante de comunicación. No tenían profundidad de todo lo que habían preguntado y hablado, porque no estaban familiarizados con nada. Era su primera vez conociéndola. Estaban curiosos, tratando de hacer su trabajo bien, pero cuando la vieron pintar, les pareció una vaina hipnotizante. Ellos nunca me lo dijeron, pero yo sé que ahí recordaron porqué estábamos ahí.

Recuerdo que, un día navegando en Facebook, descubrí su arte. Me ansié pensando en que yo podía volver al arte también. Si ella podía, yo también. Entonces ahorré un poco de dinero, compré una libreta y unos plumones, y me puse a tirar comics a la lata (al montón). Haberla visto pintando me había invadido el sistema nervioso, me había inspirado a volver a mi hogar. A Ruby la aísla la pintura, profundamente. Hablaba con nosotros porque le tocaba, porque es muy cortés y educada, pero si no fuera por eso -palabras textuales de Ruby- ni los mosquitos sintiera. Mientras pinta, le gusta imaginar que el pincel es como una extensión de su carne.

 

Por cierto, ella sólo pinta mujeres, los hombres nunca le salen bien. Si le pides una pintura, no obstante, seguramente lo hará lo mejor posible-. Y aunque recibe muchas comisiones, confesó que no quiere que sea su principal trabajo, porque podría odiarlo. La pintura es su lugar seguro, su estabilidad mental, y prefiere que nadie le mande en ello porque sólo ahí es libre. Sólo ahí logra una catarsis del tamaño de un dios chiquito.

Ruby quiere ser profe, de colegio o universidad, no importa. Cuando le preguntamos qué iba a hacer después, nos dijo que habían dos cosas llamativas: la dirección de arte y la neurolingüística; cual de las dos sea menos complicada, dijo. La dirección de arte podría estudiarla en España, y tendría que aprender catalán y todo. Lo que yo me había imaginado para ella, lo dijo segundos después, y por muy gracioso que vaya a sonar su voz, y por muy perezosa que yo parezca de escribir un buen final, creo que es ella misma quien deba contarles eso:

 

 

 

 

 

 

Proyecto
  • Autor: Fotografía: Ronny Álvarez - Entrevistador: Jeril Pineda - Entrevistado: Ruby Barboza - Redacción: Jeril Pineda - Coordinación: Javier Marrugo- Asesoría: Yusly Perez
  • Fecha de publicación: Jul 30, 2019
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