Crónicas de un viajero soñador

Crónicas de un viajero soñador

Por Andrés Camilo Silva

 

El sueño de una noche de marzo le llevó hasta los últimos bordes del planeta. En un abrir y cerrar de ojos había, primero, llegado a Roma. Se detuvo en una callejuela de la Piazza del Colosseo y alcanzó a escuchar el estruendo y la algarabía del público que venía desde dentro; el choque de las espadas de los gladiadores, la arena ardiente que se levantaba del suelo y el rugir de las bestias encerradas. Luego, levantó la mirada al cielo y notó que varias gotas de óleo, en azul, caían y salpicaban en sus ropas de lino fino.

Los guardias de las entradas le miraban con desconcierto, preguntándose a qué se debía la presencia de aquel extraño sujeto. El hombre no tardó en darse cuenta que estaba en peligro. De repente, los hombres echaron a correr hacia él a toda prisa, y no tuvo más remedio que huir despavorido de una muerte segura.

Bajaron por calles y más calles. Llegaron hasta un punto cerca de Via Gallia donde le interceptaron decenas más de guardias; todos vestidos con escudos y armados con lanzas puntiagudas, brillantes, respondiendo a la caricia del sol.

Lo habían rodeado por completo dejándolo sin escape alguno. Hubo un silencio fúnebre. Uno de los guardias dio dos pasos hacia delante, lo miró fijamente a los ojos y luego caminó en círculos, examinándolo con detalle. Habiendo terminado lo cuestionó, hablando en una lengua desconocida para él. El hombre no contestó. El guardia volvió a hablarle, esta vez con más fuerza; sintió que el temblor de su mano derecha era más intenso y que le costaba respirar.

En un tercer intento por hacer que hablara, el guardia preparó su lanza. Y estando a las espaldas del hombre la clavó traspasándole el abdomen. Veía cómo de la punta afilada del arma, aún resplandeciente, caía su sangre sin parar. Tocó la herida con sus manos. Luego, volvió a alzar la mirada y se encontró con los rostros inertes del resto de guardias. Jadeó, bajó la cabeza y murió al instante.

Arriba, la noche era fría. El invierno había arropado por completo la ciudad, cubriéndola en un manto de nieve blanco, impoluto. En medio del sueño y la muerte, el hombre se retorcía haciendo traquetear la cama, pero no logró despertar. Segundos más tarde recuperó la compostura y cayó de nuevo en otra desgracia.

Había salido de la estación de trenes de Saint-Denis rumbo a Londres. Al parecer, llegó a Paris muy adentrada la noche, y tuvo que descansar en un hotel de pocas luces y esperar hasta las horas tempranas del alba, donde partiría.

Llegó a tiempo al abordaje. En el camino, cruzó Clermont y las colinas verdes de los volcanes inactivos de Chaîne des Puys; vio en la lejanía a Beauvais y Compiègne mirarse con recelo, una a cada lado. Finalmente llegó a Amiens y el tren giró a la izquierda, acercándose lentamente a las costas francesas del Canal de la Mancha.  Pronto se hundiría junto al tren a las profundidades del mar, y seguiría respirando.

Desembarcó en la estación de St. Pancras, antes del mediodía. Caía una llovizna temerosa, fría, y la neblina se extendía en el horizonte, como un toldo gigante; el sol se asomaba poco a poco, disipando la blancura. Salió a pie al centro de la ciudad. Vestía una gabardina de negro profundo sobre su traje. No tardó en sacar la sombrilla que llevaba dentro de su bolsa de mano, ignorando la fragilidad del agua que bajaba.

Mientras se abría paso a lo largo de las calles observó un mundo de gente singular; el ruido de la multitud se hacía más intenso. Había cantos en un idioma extraño y panderetas que los acompañaban; hombres diminutos de ojos rasgados; seres altos salidos de las zonas remotas del norte; gente de pieles oscura y morena que se distinguían con facilidad entre la multitud.

Se detuvo frente a la Catedral de Westminster, cuando decidió que estaba demasiado cansado para continuar; caminó por más de dos horas, en círculos, en pleno centro londinense. Vio cómo se elevaba la torre más alta de la edificación, pintada en una combinación particular de naranja y blanco.

Cerró los ojos y por un momento perdió la noción del tiempo y el espacio. Sin darse cuenta había pasado varias horas ahí de pie, aunque ya el sol estaba en plenitud. Pero la noche llegaba temprano y debía salir antes de que lo hiciera.

No tuvo tiempo de reaccionar antes de la primera campanada de las seis, cuando apenas abrió los ojos. Súbitamente, el cielo se nubló y cayeron centellas, y una lluvia copiosa se derrumbó sobre él. El sonido de las campanas rompió sus oídos dejándolo moribundo y a rastras. Cuando supo que no podía levantarse, echó la cabeza al suelo, suspiró, y murió por segunda vez.

A pesar del frío el hombre sudaba a cántaros y resoplaba con violencia, como tratando de escapar de la tortura.  Por una última vez el sueño lo ató con fuerza, y lo llevó a otro lugar. Sintió que salía impulsado hacia arriba, se movía aparatosamente buscando equilibrarse y no romperse las extremidades que se enfrentaban al aire. No logró reconocer la hora del día, y pronto se encontró flotando en medio de una nebulosa.

Ya era consciente que no tardaría mucho en las afueras del planeta. A pesar de ello, no dudó en contemplar la grandeza del paisaje. Las estrellas centelleaban a su alrededor, y podía verlas a muchos kilómetros en el vacío. Los gases chocaban entre sí formando gamas de colores fluorescentes; sentía el calor de la fusión y la infinitud helada del espacio al mismo tiempo. Vio a la luna reflejar la luz solar, y caer en complicidad sobre la tierra.

Minutos más tarde percató que se ahogaba. Sintió un dolor inicial que retumbaba en su pecho; el aire se escapaba de sus pulmones y ya no podía inhalar. El ritmo cardíaco había aumentado llegando a las mismas revoluciones de aquel tren parisino, y luego bajó en picada. Los pies y las manos se hincharon a más no poder, aunque no reventaron. El hombre acabó fulminado.

Amaneció, y el blanco volvió a brillar en el cielo. Lo que había evitado que el hombre siguiera en una recurrente sucesión de muertes y renacimiento fue el trabajo amigable de la gravedad, que lo hizo caer de la cama y despertarse.

Esa mañana el hombre preparó su habitual taza de café, se sentó en su mesa de estudio aun afectado por la dureza del sueño. Y aunque difícilmente logró recordar con exactitud los eventos de aquella aventura, prometió emular, esta vez sin morir, la que fue con toda seguridad la noche más asombrosa que lograría tener jamás.

Project Info
  • Client:
  • Date: Jun 21, 2017
Share with friends